Vota o muere // Dulce María Tosta

Los partidos políticos Acción Democrática, Primero Justicia, Un Nuevo Tiempo y otros, agrupados en la llamada Mesa de la Unidad Democrática (MUD), se han lanzado en una vertiginosa carrera hacia el 6 de diciembre, obviando, por razones difíciles de entender, la constelación de inconvenientes antidemocráticos que preceden al día «D» y que hacen presumir un mega fraude, un grosero escamoteo de los votos depositados en las urnas y una descarada distorsión de los resultados.

Las elecciones siempre han constituido el medio para que los demócratas superen sus diferencias; el no siempre justo «sentir de la mayoría» se admite como el más provechoso para todos y mientras el triunfador celebra, el derrotado se prepara para nuevas y mejores oportunidades. Así sucede entre demócratas convencidos y, hasta la fecha, no se ha encontrado una mejor forma de dirimir los conflictos políticos en paz y armonía.

Desde las elecciones de diciembre de 1958, hasta la fecha ha corrido mucha agua bajo los puentes; la clara victoria de Raúl Leoni en 1963 y el férreo dominio del partido ejercido por el entonces Presidente Betancourt, no permitió ni ameritó que los resultados fueran «interpretados». Cosa distinta sucedió en 1968, cuando la apretada victoria del opositor Rafael Caldera tentó a muchos a desconocer su victoria, a lo cual se negó de plano Raúl Leoni, concretando su posición democrática con la histórica frase: «Si por un voto perdemos, por un voto entrego».

En 1973, como candidato opositor, el dinámico Carlos Andrés Pérez apalea a Lorenzo Fernández con un resultado previsible desde meses antes. El copeyano Caldera le entrega al adeco CAP pacíficamente, sin discusión ni tutía. Luego vino el triunfo de Luis Herrera Campins. ¡Otra victoria de la alternabilidad!

El pésimo gobierno del honorable Luis Herrera le abre las puertas del poder al hijo de doña Angélica Lusinchi, digno ejemplo de temple, sacrificio y simpatía para las futuras generaciones de venezolanas.

En las elecciones de 1988, vuelve Carlos Andrés por sus fueros, a lomos del recuerdo de la abundancia de su primer  gobierno y bate a otro Fernández, Eduardo. Se suceden las asonadas militares del 4 de febrero y del 27 de noviembre de 1992 y la defenestración de Carlos Andrés como producto de una confabulación de diferentes fuerzas. Con esa  irreflexiva vendetta de los enemigos de CAP, Venezuela comenzó su camino hacia el desastre. Dijo CAP en su último discurso como Presidente: «Quiera Dios que quienes han creado este conflicto absurdo no tengan motivos para arrepentirse.»

Todos esos procesos fueron coordinados por autoridades electorales relativamente confiables, capaces de resistir las presiones y manipulaciones propias de la caribe política venezolana. Quizás la gran excepción haya sido el evento comicial de 1993, cuando el candidato Andrés Velásquez fue bajado a un cuarto lugar en una noche caraqueña sin celebraciones, con todas las características de un funeral de pariente pobre. Cinco años después, Chávez accedería al poder. Lo demás es historia reciente.

¿Cuál es la diferencia entre estas elecciones de 2015 y las precedentes?

Una, fundamental: este no es un gobierno democrático, ni en sus formas ni en su fondo; ha inhabilitado a los opositores más veraces, apresado a los que considera más peligrosos para su estabilidad, utilizado los recursos públicos para su provecho partidista y copado los medios de comunicación con un diluvio de mentiras, medias verdades, e informaciones sesgadas, dirigidas al logro de un pensamiento único y una ausencia de divergencia.

En este ambiente de absoluto ventajismo, de ausencia de garantías, sin observación internacional, REP no auditado, CNE coloreado de rojo y de las  circunscripciones electorales manipuladas para favorecer al PSUV, la MUD llama a votar con un 76% de sus candidatos elegidos «a dedo», engolosinada por unas encuestas que señalan el inmenso rechazo que sufre el chavismo.

La MUD no le dice la verdad a la gente. Oculta el creciente rechazo de que es objeto y que con claridad señalan las encuestas; dice tener un representante en el CNE y obvia los cuatro que le son adversos; se hace la loca ante la evidente parcialidad del Plan República; no exige la revisión de las circunscripciones electorales; admite como bueno más de un millón quinientos mil electores sin huellas dactilares … y pare de contar. Por otra parte, utiliza el término «unidad» como nombre propio o, lo que es peor, como marca registrada; tilda de anti unitarios a quienes se resisten a votar por los candidatos impuestos por su dedo y en su desesperado afán de quedarse con el pedazo más grande de la torta, parece decirnos: vota o muere.

Escrito por: Dulce María Tosta
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@DulceMTostaR

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