Opciones // Dulce María Tosta

Dentro de poco más de dos meses amanecerá el 6 de diciembre y con él –posiblemente– el anunciado evento electoral.

Desde un punto de vista meramente formal, un alto porcentaje de ciudadanos acudirá a las urnas para elegir a sus representantes ante la Asamblea Nacional; pero en realidad, el asunto es mucho más complejo y delicado, pues votarán con la sórdida sospecha de que se ejecutará un mega fraude y, en todo caso, que lo harán por candidatos sacados de la chistera del mago del sectarismo partidista, rojo o azul.

Es obvio que la gente quiere votar. Así se percibe en la calle y confirman las encuestas, pero acudirá a los centros electorales a sabiendas que no lo hace para elegir una buena Asamblea, sino para castigar a un mal gobierno. Este carácter plebiscitario es el producto de la antidemocrática escogencia a dedo de los candidatos rojos y azules y, a la vez, la admisión de los viejos partidos de su carencia de líderes regionales que conciten la esperanza popular en sus lugares de origen.

Salvo uno que otro fanático trasnochado, la gente está clara de que en diciembre le toca escoger entre el malo y el peor y que el motivo principal de su participación electoral es el rechazo a los que han destruido a Venezuela con sus corruptelas y ausencia de patriotismo, con su entrega a potencia extranjera, irrespeto diario a las normas constitucionales y desprecio absoluto a los principios fundacionales de la República.

La gran pregunta es ¿Qué hacer ante tan sombrío panorama? No me considero con derecho ni capacidad para sugerir soluciones ni mucho menos para establecer hojas de ruta, pero si puedo compartir con mis lectores las reflexiones que han determinado mi posición política ante el 6D. Vamos a ello.

Hace mucho tiempo dejé de creer que los seres humanos debemos agruparnos en virtud de colores, banderas, religiones, doctrinas políticas u otras formas clasificatorias; creo, ahora, que si alguna agrupación es admisible es la de las conductas públicas y privadas, que son las que, en definitiva, nos ponen en la misma acera, del mismo lado a la hora de las grandes batallas.

Mi oposición al régimen es de todos conocida, pero esa posición no se nutre con la  fanática consideración de que todo chavista es malo y todo opositor bueno, que el rojo es el color del diablo y el azul el del Arcángel Miguel; ¡No! creo en la afirmación bíblica «por sus obras los conoceréis», no por sus colores, ni por sus promesas ni por las fingidas sonrisas lanzadas al voleo durante las campañas electorales.

Creo que todo político debe informar a la colectividad el origen de sus riquezas, la fuente de sus comodidades; demostrar, sin dejar resquicio para la duda, que sus manos están limpias de peculado o de otras formas de corrupción. Creo que un País sobre el cual ha caído un incesante aguacero de riquezas, que se inició el día que reventó el Zumaque I y que aún no concluye, debe analizar con sumo cuidado y esmerado detalle el origen de su ruina económica. Yo ya obtuve la mía: la corrupción de los gobernantes y el silencio de los opositores.

Pienso que Venezuela merece un mejor destino, pero que debe ser construido con tesón y esfuerzo; que cada día es bueno para sumarle fuerza a ese cometido; que lograremos una mejor sociedad solo en la medida que nos dispongamos a ser mejores ciudadanos y que ese mejoramiento pasa por el filtro de ejercer de mejor manera nuestras obligaciones políticas, entre las cuales se destaca el deber electoral.

El sectarismo de los partidos políticos nos ha convertido en votantes, pero no en electores. Las cúpulas de los partidos eligen a su antojo los candidatos y han convertido a los procesos electorales en simples procesos votacionales, convalidantes de elecciones previamente efectuadas a espaldas de la gente.

A estas alturas no he decidido acerca de  mi conducta ante la máquina de votación, pero si estoy segura de:

  1. No votaré por bandidos ni por elegidos a dedo, sea cual fuese su color;
  2. No olvidaré las ofensas de que ha sido víctima el pueblo en estos últimos 16 años;
  3. Caso de que no encuentre candidato que merezca mi confianza, anularé mi voto.

Cuando ingrese al recinto donde opere la mesa que me corresponda, lo haré con total responsabilidad, con el mismo fervor que me acompañó cuando caminaba hacia el altar a tomar mi primera comunión, pues para mí, en ese instante, la mesa de votación será el altar de la Patria.

 

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@DulceMTostaR

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