RETROSPECTIVA // Dulce María Tosta

El análisis pierde su buen curso cuando permitimos que las pasiones tomen el lugar de la lógica y la verdad histórica sea suplantada por versiones interesadas o parciales. Únicamente mediante la verdad, entendida ésta como el juicio o proposición que no se puede negar racionalmente, podemos alcanzar conclusiones que soporten el paso de los tiempos, el afilado bisturí de la perspectiva histórica.

Chávez y el chavismo, como fenómenos políticos y sociales, no nacieron de la noche a la mañana, ni fueron resultado del azar; por el contrario, se incubaron lentamente desde 1959 y alcanzaron su inflexión en las elecciones de 1998; hicieron morder el polvo al dueto adeco-copeyano, incapaz de captar el rechazo que en lo recóndito del alma popular se estuvo gestando, por décadas, ante una democracia cada vez más formal y menos sustancial, crecientemente adosada al pragmatismo partidista y distanciada de los principios fundamentales que le aportarían sustento real y futuro cierto.

Hechos aparentemente aislados e inconexos presagiaban un rudo cambio en la política tradicional: la abstención electoral creciente; la inhabilitación de Pérez Jiménez mediante una reforma constitucional antidemocrática; la distancia entre el voto metropolitano y el provinciano; la manipulación de los resultados electorales de 1993, precedida por la intervención del ministro Radamés Muñoz León atacando a Andrés Velásquez y amenazando con desconocer su eventual triunfo; el intento de escamotear el triunfo de Aristóbulo Istúriz en el Municipio Libertador; los asesinatos por tortura de Ángel Aguilar Serradas, Alberto Lovera, Jorge Rodríguez y otros; la exaltación de los presidentes de la República a niveles comparables con los de los reyes medioevales; la entronización de las barraganas presidenciales, por todos conocidas; la corrupción administrativa creciente, con casos emblemáticos como el de la chatarra militar, RECADI y CORPOMERCADEO; la politización de la judicatura y la aparición de las tribus judiciales, entre las que se destacaba la de David … y pare de contar.

Cada vez más los casos de violencia política y corrupción administrativa saltaban del imaginario popular a la realidad concreta y comprobable; mientras tanto, el descontento popular apuntalaba el enfado militar que haría eclosión en la madrugada del 4 de febrero, bajo el mando de un  desconocido teniente coronel, jefe de un batallón de paracaidistas, sito en Maracay.

En pocas horas el panorama político venezolano dio un vuelco dramático. Un hombre, haciéndose responsable de un movimiento derrotado en un País donde es costumbre pelotearse las culpas, causo admiración y simpatía; la esperanza de mejores tiempos, se resumió en una frase: «por ahora». Así, un discurso de poco más de 60 segundos convirtió una derrota militar en una victoria política, una rendición de las armas en el relanzamiento de la esperanza y el nacimiento de un líder popular.

El bipartidismo cometió el error de creerse blindado; auto engañado con la fábula de que la democracia estaba consolidada, fue perdiendo contacto con la calle y se dedicó al disfrute del poder pero, sobre todo, no percibió lo poco democrática de su «democracia», cimentada en partidos que no la practicaban a lo interno, salvo para cumplir ciertas formalidades.

Es una sandez de marca mayor decir que «éramos felices y no nos dimos cuenta». De haber sido así, Chávez hubiese sido linchado en el Museo Militar el 4 de febrero, por el mismo pueblo que el 7 de septiembre de 1958, tomó por asalto el cuartel de la Policía Militar, alzado en armas contra el gobierno presidido por Wolfgang Larrazábal Ugueto.

Como esos pilotos que por ser tan expertos terminan estrellándose donde no lo haría un temeroso novato, los líderes fundamentales de los dos grandes partidos decidían la suerte del País a espaldas de la gente, sin percatarse que el abuso continuado iba a producir una reacción, una vez que la última gota rebosara el vaso.

Chávez no fue el comienzo de una nueva República; por el contrario, fue el epílogo de un régimen decadente que utilizó las formas de la democracia, pero evadió lo sustancial. No fue más que la tapa del frasco de un proceso que jamás se consolidó, de una democracia sin contenido real y de una sucesión de gobiernos que parecían pujar por superar al anterior en desaciertos y corruptelas.


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