Victoria popular // Dulce María Tosta

El pasado 6, convergieron en el tiempo y en el espacio una serie de afortunadas circunstancias que culminaron con un gran triunfo popular, a pesar de que apenas el 24% de los candidatos de la oposición era de su extracción. Hacemos esta precisión por cuanto parece imposible obtener victorias sin candidatos o triunfos cuando son otros quienes reclamarán el premio.

El pueblo de Venezuela, votante pero no elector, se hizo con el triunfo al convertir las votaciones parlamentarias en un plebiscito, en su rechazo al régimen más corrupto e inepto que hayamos tenido en toda nuestra historia. El venezolano no fue a votar por uno u otro candidato; lo hizo para sancionar al engaño, al latrocinio y al incumplimiento de ofertas y promesas.

Muy pocas eran las personas que conocían el nombre de «sus» candidatos por los cuales sufragarían; al preguntarles contestaban «no se», pero todos decían que votarían por la UNIDAD o, más recientemente, «por la manito». La gente no votó por la pobre y antidemocrática oferta electoral de la MUD y ni siquiera se molestó en averiguar el nombre de los candidatos que le impusieron las cúpulas políticas sitas en Caracas; universitarios y obreros, médicos y camilleros, ingenieros y barrenderos se unieron en un solo propósito: derrotar al régimen para iniciar la recuperación de la libertad y ese empeño se tradujo en una votación masiva a favor de desconocidos pero, sobre todo, en contra del régimen.

Así las cosas, sería de torpeza y egoísmo infinitos que un partido, grupo o personalidad se atribuyera la victoria; el triunfo es de todos y por encima de cualquier otra circunstancia, lo es del valor mostrado por los votantes que no desertaron de las colas ni ante la actitud agresiva de las bandas armadas ni ante las amenazas delirantes de quienes desde el jueves se sabían perdidos y dispuestos a cualquier cosa menos a ser derrotados.

A las 6 de la tarde del 6 se iniciaron los malabarismos del CNE para birlar la victoria popular y voltear la tremenda paliza recibida por sus conmilitones, a pesar del rechazo militar de acompañarlo en un megafraude que con toda seguridad ensangrentaría calles y caminos de toda la Nación. Los militares estaban informados sobre la disposición de la gente de coger la calle si los resultados verdaderos eran obviados; ellos sabían que serían los llamados a cometer el genocidio, a masacrar a miles en nombre de una revolución que les ha dado muchas prebendas, pero también gran desprestigio. Los hombres de verde que, eventualmente, serían llamados por Maduro y Diosdado a modelarles un triunfo con la punta de sus bayonetas, saben muy bien que el genocidio es un delito humano imprescriptible ante las leyes internacionales y ante la memoria de los hombres. Además, sabían los altos mandos militares que sus subalternos verían con desagrado extremo órdenes de someter al fuego de sus armas a un pueblo cuya única petición está consagrada en la Constitución: respeto a su soberanía.

El pueblo venezolano jamás ha sido afeminado, aunque si lo hayan sido algunos de sus dirigentes. El hombre común, ese que apenas es conocido por familiares, compañeros de trabajo, amigos y vecinos se empinó hasta la altura de las circunstancias, cubrió su corazón con la bandera de las siete estrellas y se dispuso a todo, si todo era necesario. Eso impidió la derrota. El es el héroe y el propietario de la victoria.

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@DulceMTostaR

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