Reflexiones // Dulce María Tosta

Venezuela vive una situación difícil que requiere ser analizada sin triunfalismos ni depresiones psíquicas.

Lo primero que debemos hacer es un honesto inventario de las realidades, no sesgado por los intereses partidistas ni por las ambiciones personales que después del 6D afloran con irresponsable impertinencia.

Como es lógico, debemos empezar con los antecedentes, entre los que destaca el controvertido triunfo de Maduro en las últimas elecciones presidenciales y la timorata e irresponsable actitud de Capriles, quien luego de cantar fraude, temió convocar al pueblo a defender su dictamen y acudió al Tribunal Supremo de Justicia, por todos conocido como una agencia del PSUV y de los intereses del chavismo.

En esa oportunidad, la gente estaba dispuesta a coger la calle una vez que sus líderes la llamaran a ello; en esta del 6D, estaba dispuesta a reclamar su triunfo, sin esperar el llamado de un liderazgo que cada vez merece menos su confianza. El cacareado poder popular, construido en los laboratorios de la propaganda oficial para su propio beneficio, ese día se expresó sin ambages, con toda su real fuerza y determinación; los venezolanos salieron a votar por candidatos impuestos por las cúpulas de los partidos de la MUD, con la convicción de que escogían un mal menor pero –necesario es decirlo– con la seguridad de que sería víctima de un fraude, de la irreversibilidad inmoral de Tibisay. Triunfar y defender el voto fue la consigna silenciosa, sin esperar a llamados de grupos o personas. El venezolano común amaneció el 6 de diciembre con la disposición de no volver a la cama derrotado; triunfo o muerte, parece haber sido la callada consigna universal.

La determinación popular de defender el voto en la calle hizo la diferencia y determinó el cambio de actitud en la Fuerza Armada Nacional, que en definitiva abortó el fraude. El laissez faire, laissez passer militar fue echado a un lado por la convicción de que en esta oportunidad serían muchas las cosas que podían pasar y múltiples las consecuencias de la omisión de sus deberes constitucionales.

La voluntad expresada en las urnas electorales fue la sentencia de muerte para el socialismo del siglo XXI, independientemente de las cifras oficiales del CNE. Lo que estaba en juego –y aún lo está­– es si esa sentencia emanada de la soberanía popular se ejecutará en paz o navegando sobre un charco de sangre. La Fuerza Armada Nacional sabe que no podrá esquivar el bulto a la hora de una insurrección popular: que corre o se encamara, que se pone al lado de las masas, como es su deber constitucional, o se inscribe en la historia como genocida.

No debemos perder de vista que en la MUD las cosas no están fáciles. Los partidarios de la vieja política, de la política de pequeños comités tomando las grandes decisiones, aceitan sus armas para hacer triunfar el gatopardismo; esas armas apuntan a la destrucción de dos líderes que les resultan extremadamente incómodos: Leopoldo y María Corina, que se presentan ante el País con ideas nuevas y caras frescas, amenazando la esperanza de Capriles de ser candidato presidencial por tercera vez. Para acabarlos ya han salido perros de presa a culpar a María Corina de la pérdida de curules, obviando mal intencionadamente la extraordinaria campaña que realizó a favor de todos los candidatos de la MUD (salvo uno o dos), incluyendo a aquellos que no le eran afectos. Esos que hoy se rasgan las vestiduras por la razonable rebeldía de la Machado, nada dijeron cuando Julio Borges dividió el voto en el Estado Bolívar, negándole el triunfo a Andrés Velásquez, el mejor gobernador que ha conocido esa entidad federal.

Mientras Primero Justicia y su sempiterno candidato arriman las brasas para su sardina y Acción Democrática trata de colarse por los palos, afinando estrategias donde lo menos importante es el País, Nicolás, Diosdado y Jorge, a punta de errores, poses y amenazas destempladas, se mantienen firmes en su empeño de acabar con el régimen, con el chavismo y con el socialismo del siglo XXI, abriendo con ello las puertas para la libertad y la democracia y reafirmando el viejo aserto: a los gobiernos no los tumban... se caen.

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@DulceMTostaR

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