Perversión // Dulce María Tosta

La providencia dotó generosamente a Venezuela de ingentes recursos naturales. No contenta con poner bajo nuestros pies un océano de petróleo y en nuestra tierra inmensas cantidades de minerales valiosos como el oro, el hierro y la bauxita -para sólo nombrar tres-, nos donó caudalosos ríos para que aprovecháramos su potencial hidroeléctrico, hermosos paisajes marítimos, llaneros y de montaña que podrían ser útiles para incitar un profuso turismo propio y foráneo, un clima benigno que no mata en invierno ni deshidrata en verano, hombres brillantes como Arturo Uslar Pietri y Jacinto Convit, mujeres de proverbial belleza y arrollante personalidad y, en fin, tantas riquezas y dones como para hacer palidecer de envidia a los pueblos llamados del primer mundo.

Reconociendo, de forma obligada, que la naturaleza ocurrió en exceso de prodigalidad para con Venezuela cuando se dispuso a distribuir dones, surge una pregunta necesaria: ¿Por qué no somos un País del primer mundo y, por el contrario, nos dirigimos al tenebroso inframundo del hambre y la desesperanza?

Es evidente que nuestros males no se originan en la falta de riquezas naturales y que, por el contrario, podríamos sospechar que el exceso de ellas nos haya perjudicado de alguna manera, por lo que surge una nueva pregunta: ¿Si soy rico, por qué no vivo como tal?. No es preciso ser superdotado para encontrar la adecuada respuesta: hemos sido mal gerenciados y peor administrados, nuestro destino como nación ha estado siempre en manos de pocos, mediante un sistema electoral inventado, sostenido y propulsado por intereses mezquinos, hasta convertirnos en simples espectadores de una obra teatral llamada democracia, donde tras bastidores los actores se reparten alborozados el producto de la taquilla.

Esto no sería posible si desde las elecciones de diciembre de 1958, no se nos hubiera impuesto un sistema electoral dirigido a priorizar los intereses partidistas y aguardar en el cofre de las ilusiones el verdadero querer de la gente. Desde ese entonces, hemos sido despiadadamente manipulados, haciéndonos creer que somos electores cuando en verdad somos simples votantes, convalidadores de decisiones ajenas que, en la mayoría de los casos, están más pendientes de satisfacer intereses particulares o grupales que lo genuinos de la gente.

¿Quiénes deciden acerca de los cargos de elección popular? ¿Quiénes acerca de los altos cargos de la Administración? Los que ya no tenemos 15, recordamos la famosas reuniones de Gonzalo Barrios (AD) y Rafael Caldera (Copei), donde se decidían todos los asuntos relevantes sobre las tres ramas del Poder Público y, en definitiva, el rumbo del País entero.

El sistema electoral inaugurado tras la caída de Pérez Jiménez, fue el comienzo de la tragedia que hoy llena de angustia a los venezolanos. Los partidos políticos se reservaron el derecho a elegir y nos vendieron la falsa ilusión de que lo hacíamos nosotros; los presidentes eran tratados como semidioses que no podían ser interpelados por los representantes del pueblo cada vez que fuera preciso y, alrededor de ellos, se formaron cortes de aduladores que los desconectaban de la realidad nacional.

Los miembros del Congreso (ahora Asamblea) y de los cuerpos legislativos de los estados no debatían, no proponían, no defendían los intereses de quienes decían representar, si no que esperaban que bajara la línea para levantar el brazo o dejar de hacerlo según la orden superior.

Así, nos fueron robando la soberanía y con ella el verdadero poder popular y el derecho a procesar y disfrutar los recursos tan generosamente ofrecidos por la naturaleza.

Los partidos políticos fueron perdiendo apoyo popular como consecuencia de sus malas gestiones gubernativas  y éste fue suplido por una clientela ávida de prebendas y comercializadora de apoyos. Estas organizaciones  se hicieron cada día menos democráticas y más alejadas del fervor popular y, para colmo, las amantes de los presidentes pasaron a ser una suerte de jefes de gabinete cuyos poderes crecían al unísono de sus cuentas bancarias, mientras la adulación suplía al debate y la genuflexión a la controversia.

A través de esta degradación de la política fuimos inventando el precipicio al borde del cual nos encontramos. Volver a lo mismo sería hacernos acreedores del eterno castigo de Sísifo: ver rodar cuesta abajo, una y otra vez, la enorme piedra que tanto le costó llevar hasta la cima.

Si queremos salir de este atolladero, todos los cargos de elección popular deben ser sometidos a elecciones primarias y para los venezolanos de buena fe, votar para elegir debe ser la consigna.

NOTA: más sobre este tema en http://www.eligetu.org/

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http://www.dulcemariatosta.com
11 de noviembre de 2017

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