Dicen las malas lenguas en Caracas que la prisa de los diputados de la Asamblea Nacional por aprobar la nueva Ley Orgánica de Educación (LOE) en horas de la noche del día 13 de agosto, se debió a que el gobierno quería ofrecerla como regalo de cumpleaños a Fidel Castro. Estas cosas, como no, pueden suceder en Venezuela donde la Constitución es un librito azul que se guarda Chávez en el bolsillo. Fidel debe haber recibido, seguramente, su regalito trasnochado, ajado y somnoliento.

Desafortunadamente la nocturnidad de la Ley tiene otras interpretaciones menos anecdóticas, vinculadas no obstante a la complicidad con el régimen que se supone ha inspirado los fundamentos para la transformación educativa en la República Bolivariana. En primer lugar, siendo optimistas, es una oportunidad más, después de haber perdido tantas, para intentar respondernos preguntas importantes. Esta idea me surgió ayer mientras escuchaba a mis vecinos, preocupados porque no saben en qué clase de robots van a convertir a sus hijos en las escuelas a partir de septiembre. Comentaban que el socialismo era una cosa rara y confusa que nadie terminaba de entender, que si ellos no lo entendían, figúrese usted lo que puede pasar en la mente de los niños. En el discurso parece todo muy bonito –decían-, aunque en realidad todo nos va peor. Que no ven diferencia entre los privilegiados que tenían el poder y eran corruptos en la IV República y los rojos de ahora (el hábito –lamentaron- aquí tampoco hace al monje). El socialismo, pues, les parecía a simple vista apenas un proyecto de poder como cualquier otro; la sustitución de los grupitos privilegiados y en medio – o abajo- los de siempre.

A mí personalmente me parece que la LOE huele a cerrado, a siglo XIX, a casa vieja donde no ha entrado el sol. No estoy segura si es por su ignorancia o por la mala intención, o quizás por ambas cosas a la vez. Resulta verdaderamente sorprendente que estos dirigentes, sus asesores y los intelectuales que les rondan no hayan tenido tiempo de enterarse a estas alturas de que las tesis marxistas sobre la nueva sociedad estuvieron fundamentadas desde el principio en premisas falsas; demostración que costó la vida a millones de personas de todas las nacionalidades y pueblos sometidos por el imperio soviético el siglo pasado. Inaudito también que aún ignoren que la lucha de clases no es el único motor de la Historia y que los ricos, los opresores y los revolucionarios también se pelean entre sí para repartirse el planeta; difícil, pues, borrar de la Historia y de los libros las dos guerras mundiales del siglo XX. Asombroso es también que no se hayan dado cuenta todavía que las revoluciones hechas en nombre de la clase obrera, los pobres y los desheredados han consistido hasta ahora solamente en un cambio en las formas de opresión de aquellos a los que pretendían liberar. Y me pregunto: ¿La ignorancia es tal que son capaces de condenar así el futuro de nuestros jóvenes? ¿O están realmente enterados de todo y simplemente reconocen que la manipulación de la realidad y de la historia es condición sine qua non para perpetuarse en el poder? En estos momentos, cuando la prioridad de la humanidad es salvar el planeta (en cuya destrucción participó igualmente el antiguo imperio soviético, siguiendo los postulados económicos marxistas) y nuestra propia supervivencia como especie, la hipótesis de sustituir el capitalismo y la propiedad privada por la supuesta inocencia del desarrollo de las fuerzas productivas bajo la ley del valor es, simplemente, una absurda e insensata propuesta. La ignorancia o la mala intención se reducen, en todo caso, a la pretensión de mantener atadas las alternativas de la sociedad a las ideas que surgieron en el siglo XIX (libre mercado y comunismo), que han sido capaces –los dos- de conducir cada uno por su lado a la humanidad hacia la encrucijada en la que hoy se encuentra. En el año 2007, cuando por fin pudimos enterarnos de las verdaderas intenciones del proyecto del socialismo del siglo XXI, comenté con mis vecinos de siempre tras leer el libro de Dieterich que, cosas de la vida, Venezuela parecía destinada a ser la sepultura del marxismo. Conocida en el barrio como de izquierdas de toda la vida, los asombrados vecinos me miraron como si acabaran de ver a Gregorio Samsa, el de Kafka, convirtiéndose en un extraño bicho con ojos saltones desorientados. De todas mis fallidas predicciones kafkianas, sin embargo, creo que esta va camino de cumplirse.

Intuyo con mis vecinos que la LOE no es más que la lamentable confirmación de que hemos perdido una única y gran oportunidad. La ocasión de fundar un país de mujeres y hombres constructores y creadores (es decir, críticos), irrenunciablemente libres para ejercer no sólo la acción sino también el pensamiento; capacitados asimismo para liberarse de la alargada sombra del siglo XIX, donde moran además los fantasmas de los héroes que nos atan y en los que acostumbramos delegar nuestro trabajo. Ellos ya hicieron el suyo.

Escrito por:  Bartolina del Río
17 de agosto de 2009

Fuente: Correo electrónico

Volver

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar