En alguna de sus biografías se cuenta que la casa donde nació estaba ubicada a sólo una hora de camino del campo de concentración de Auschwitz. En este paisaje de barbarie y desolación, Wojtyla aprendió las primeras lecciones contra el totalitarismo

Extraños designios del destino signaron la historia de los papas Juan Pablo I y Juan Pablo II. Dos personalidades de talante opuesto, aquel silencioso y discreto, bajo de estatura; éste expansivo, abierto y elegante; aquel italiano, éste polaco. En el cónclave de cardenales reunido en El Vaticano para escoger al sucesor de Paulo VI, el segundo votó por el primero el 26 de agosto de 1978, y así, Albino Luciani fue elegido Papa en la tercera votación.

Como ministro de Relaciones Exteriores me tocó presidir la delegación venezolana a la entronización del nuevo Pontífice. Tuve ocasión de presentarle los saludos protocolares, en una ceremonia excepcionalmente discreta.

Regresé a Venezuela y a pocas semanas viajé a Perú en visita oficial.

Recuerdo vivamente que visitaba las iglesias del Cuzco, en una peregrinación de aprendizaje y admiración de la pintura cuzqueña, cuando oí los gritos de los pregoneros con la noticia de la muerte del Papa. Era difícil creerlo.

Su pontificado había durado 33 días apenas, el cuarto más breve de la historia papal. Sucedió el 28 de septiembre de 1978. Mientras me venían a la mente episodios de aquel momento memorable, recordé el lema escogido por Luciani como signo de su misión, la palabra Humilitas, y pensé: "Nada, otro viaje a Roma".

El 16 de octubre, tras dos rondas apenas, lo cual indicaba que su nombre estaba en la mente de casi todos los prelados, la "fumata bianca" de la basílica de San Pedro anunció a la cristiandad la fórmula antigua: "Habemus Papam". La sorpresa de su nombre, Karol Wojtyla, retumbó en los centros del poder mundial. Por primera vez en cuatro siglos, desde 1522, el Papa no era italiano. Era nativo de Polonia, un país católico, ubicado tras la cortina de hierro.

Ese día en el Ministerio de Relaciones Exteriores le ofrecíamos un almuerzo al canciller de Checoslovaquia. Un grato y fiel amigo. Un asistente me pasó una nota con la noticia y, al anunciársela al agasajado, se puso pálido, soltó los cubiertos y exclamó: ¡Cómo! La misma reacción de extrañeza debió repetirse en las capitales de la Europa oriental y, particularmente, en el Kremlin.

Obviamente, la reacción no fue de una simple exclamación en un momento protocolar como el caraqueño, sino el análisis inmediato de las implicaciones de un Papa oriundo de un país como Polonia. También para Occidente la sorpresa fue grande.

Volví a Roma y participé en la entronización de gran solemnidad, el 22 de octubre, distinta de la de Juan Pablo I. Saludé al nuevo Pontífice, y observé a una Roma conmovida por hechos sin precedentes. Las delegaciones extranjeras en esta ocasión tradujeron las tempranas expectativas que suscitaba la presencia en la escena de un Papa no italiano, que venía de ser un cardenal de personalidad equilibrada pero firme y que manejaba con suma inteligencia las relaciones con sus fieles sometidos a un régimen que negaba a Dios. Los polacos vieron en su elección los signos propicios de una primavera cercana. La primera misa que celebró ese día en la Plaza de San Pedro fue trasmitida por televisión a Polonia, y miles de polacos coparon las iglesias.

Me pregunté siempre con curiosidad cómo el cónclave de cardenales había pasado en tan pocas semanas de elegir a un prelado como Juan Pablo I a la resolución de escoger a un extranjero que, además, era oriundo del mundo dominado por la URSS. En suma, una decisión de implicaciones históricas.

Pienso que pocos cardenales tenían las condiciones personales de Karol Wojtyla en aquel momento de decisiones críticas. Gran escritor, poeta y ensayista, profundo conocedor de la historia mundial y de la dramática historia de su país.

En alguna de sus biografías se cuenta que la casa donde nació estaba ubicada a sólo una hora de camino del campo de concentración de Auschwitz.

En este paisaje de barbarie y desolación, Wojtyla aprendió las primeras lecciones contra el totalitarismo.

Profundo conocedor de la teología y de la doctrina de la Iglesia, de la política europea, fue el Pastor universal indicado para la era mediática y el mejor dotado teóricamente para la compleja navegación en los azares de la Guerra Fría; tan dotado del privilegio de las lenguas que se habría sentido como pez en el agua en la Torre de Babel.

Juan Pablo II fue un hombre de Estado, además de gran pontífice y pastor sensible. Ascendió al trono de San Pedro en el momento propicio, su mensaje llegó a los confines del globo, dialogó con representantes de otras religiones, con los estadistas de las grandes potencias, con demócratas o dictadores, se dirigió al mundo desde la tribuna de la ONU, visitó innumerables países y le habló a la gente con espíritu de solidaridad.

Wojtyla fue un factor fundamental en un tiempo de cambios. Deng Xiaoping desarmaba el maoísmo en la República Popular de China, los intelectuales checos de la Carta 77 no daban tregua a su lucha clandestina por la libertad, en la propia Polonia los sindicatos proclamaban que se aproximaba la hora. En el Kremlin perdieron el sueño.

Karol Wojtyla contribuyó a definir una época.

Escrito por:  Simón Alberto Consalvi

Lunes, 9 de mayo de 2011

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Fuente: http://www.analitica.com/va/sociedad/articulos/6841357.asp?sms_ss=facebook&at_xt=4dc8056697e419c1%2C0

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