Todos vamos a morir. Tarde o temprano.

Pero a nadie le gusta hablar de la muerte. Es más soportable soñar que somos eternos y jóvenes, como Dorian Gray y su retrato.

De todas maneras, creo que no sería tan malo aterrizar de vez en cuando, aceptando nuestra naturaleza de mortales. Seríamos más humildes con nuestro prójimo.

Sin embargo, y aunque usted no lo crea, hay personas que están en perenne contacto con occisos, como verdaderos profesionales de la muerte. Sean: trabajadores de funerarias, de cementerios, los delincuentes y los perros de la guerra, con perdón de los perros. ¿Y qué me dice de los médicos patólogos y criminólogos? ¿Y los antropólogos y los arqueólogos?

Los antropólogos y los arqueólogos, por ejemplo, andan por ahí metiendo la mano en cualquier monumento de la antigüedad, estudiando las artes, los aspectos biológicos y el comportamiento del hombre en esas sociedades. Hasta profanan tumbas para revisar esqueletos, como practicando Nigromancia, y obtener la información necesaria en su consulta VIP con los muertos.

Sin embargo, hay casos en que la profanación de la tumba ha resultado mortal. Sirva como ejemplo la profanación de la tumba de Tutankhamón, ultimo faraón egipcio de la dinastía XVIII, que reinó en 1335 a. C. La apertura de la tumba fue realizada por el antropólogo y egiptólogo Howard Carter y su equipo en noviembre de 1922, en presencia del financiero Lord Carnarvon y su familia. A los 4 meses comenzaron las primeras muertes misteriosas de los participantes de aquella profanación: Lord Carnarvon y su perro; luego su hermano Audrey Herbert, Arthur Mace, Sir Douglas Reid, la secretaria de Carter y su padre, y un profesor canadiense, estudiante de la tumba faraónica. Fueron muertes atribuidas a una supuesta Maldición de Tutankhamón. Arthur Wiegall.

Posteriormente, la mortal historia se repite en las décadas de 1960 y 70 con la muerte de los directores del museo de El Cairo, después de aprobar los traslados de las piezas arqueológicas a varias exposiciones temporales de museos europeos.

Algo similar parece que está ocurriendo en Venezuela, después de la exhumación de los restos mortales de Simón Bolívar, el 17 de julio del 2010. La apertura de la urna fue decretada por el Gobierno con el propósito de hacer estudios tomográficos del cráneo, de todos los huesos, del fortalecimiento del cuerpo, según el presidente Chávez. Pero, retiraron 4 piezas dentales, muestras de costillas y de otros huesos, para estudios de ADN e infección por tuberculosis. Un año después, el pueblo venezolano todavía ignora los resultados de los estudios, pero ha sido testigo de la muerte de personas relacionadas directa o indirectamente con aquel ultraje socialista al Padre de la Patria: William Lara, ex gobernador del estado Guárico; Luis Tascón, diputado de la Asamblea Nacional y autor de la Lista; general retirado Alberto Müller, dirigente del partido de gobierno o PSUV; Lina Ron, incondicional de Chávez y dirigente del partido UVP; Clodosbaldo Russian, contralor general; y, por ahora: el Presidente Chávez enfermo de cáncer.

O sea, ante tales acontecimientos mortales de mi país y la maldición de Tutankhamón en Egipto, cualquiera puede creer que en Venezuela existe la maldición de Simón Bolívar. Prefiero pensar que todo se debe a que, a los chavistas, solo se les está cumpliendo la parte final de su consigna Patria, Socialismo o Muerte, o sea: la muerte.

Y que Dios es justo.

Escrito por: Francisco Rivero Valera
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