Antonio Sánchez García
ND

1 Noviembre, 2011

Ese futuro, que clama por ver la luz del día y de cuyo parto muchos de nosotros, incluso algunos de los candidatos aún no son plenamente conscientes, debe ser asumido y liderado por los hombres más capaces de la Venezuela democrática. Lúcidos, experimentados, conscientes, cultos y templados como para asumir el mando del barco que se nos hunde sin remedio en medio de la tempestad. Dejar la elección de ese capitán in extremis exclusivamente en manos de la manipulación mediática y demoscópica y al arbitrio de la veleidad de las circunstancias podría ser una tragedia. Venezuela no tiene derecho a equivocarse. En juego están la Patria, doscientos años de historia y nuestro futuro.

Como lo he reiterado hasta la saciedad, Venezuela atraviesa por la crisis existencial más grave de su historia republicana. Que ha terminado por socavar las bases espirituales y materiales de nuestra vida como Nación, devastando nuestra infraestructura económica y corrompiendo hasta la médula sus principios éticos y morales. No existe institucionalidad, no existe justicia.

Y las fuerzas armadas, último dique de contención de la República frente a la barbarie, han sido avasalladas por la corrupción, el clientelismo, la cobardía y la complicidad. Son, hoy por hoy, el principal sostén de la barbarie que debían haber impedido. Venezuela vive el momento más dramático de su historia.

Es lo que, sirviéndome del aparato conceptual del gran jurista y pensador alemán Carl Schmitt, he considerado un clásico estado de excepción. Ese momento único y trascendental en que una sociedad pierde su anclaje como Nación, desaparece la vigencia de su estructuración soberana, queda a la deriva en manos de los aventureros que la han provocado e indefensa ante la barbarie dominante, sin ninguno de sus mecanismos de autodefensa.

Arrastrando a todos sus ciudadanos a lo que un gran pensador alemán, Walter Benjamin, llamara das blosse Leben, la vida al desnudo, y en la que, en efecto, el detentor que usufructúa del Poder del Estado posee el omnímodo poder de decidir de la vida o la muerte de sus ciudadanos. Carentes de toda auténtica defensa frente a la arbitrariedad del tirano. ¿Alguien lo duda?

Es la situación límite en la que nos encontramos. Y que políticamente se expresa en el duelo entre los dos factores en pugna – civilización o barbarie -, la enemistad congénita que subyace a toda realidad política. Por ello me ha asombrado escucharle decir a uno de los asesores electorales que “el próximo gobierno no será de transición, sino de reconciliación y reconstrucción”.

Con lo cual demuestra estar absolutamente ignaro de la naturaleza real de la crisis que vivimos y que exigirá – de ser positivamente resuelta y ojalá por medios pacíficos – dejar atrás este régimen autocrático tendencialmente totalitario y TRANSITAR durante un tiempo que no podemos prever en su real magnitud y envergadura, hacia un régimen con plena vigencia del estado de derecho, asentado sobre la vigencia indiscutida de la Constitución y basado en sus dos principios nodales: la libertad y el derecho, en todas sus vertientes, bajo el sacrosanto respeto a la libertad de propiedad y los derechos humanos.

Fue la transición que en España demandó más de una década de gobiernos de transición y la promulgación de una nueva Constitución. Fue la que en Chile ha tardado veinte años en consolidarse, tanto como para dar vuelta la página de las heridas dejadas por la tiranía. Y ya comienzan a asomar las fauces. Los tiempos de dichas transiciones no han dependido tanto de la voluntad de sus gestores como de la gravedad del daño causado por las autocracias que era preciso desmantelar y las dificultades en restablecer a plenitud el estado de derecho y la normalidad republicana.

Quien no lo ha reconocido aún, piensa que éste no es más que un mal gobierno y que superarlo puede quedar a cargo de políticos inexpertos y sin la estatura necesaria como para retomar el control de los poderes del Estado, apaciguar los espíritus, frenar las mezquindades, apetencias e intrigas de propios y ajenos e iniciar las reformas indispensables del aparato de Estado.

Reforma judicial y del sistema legislativo, reconstrucción de PDVSA, nuestra principal fuente de recursos, depuración de las fuerzas armadas sometiéndola sin titubeos ni temores a la civilidad de modo que se les extirpe de una vez y para siempre el cáncer de la tentación política, autocrática y dictatorial, así como del abuso corruptor en que han caído, así como reconstruir las bases de nuestra dañada infraestructura, poner en pie un sistema de seguridad social y de salud para todos, una educación digna, de calidad y masiva, etc., etc., etc. Asusta el solo contemplar el panorama apocalíptico que deberemos superar y que apenas se deja subsumir bajo el aparente control de alcaldías y gobernaciones.

Ese futuro, que clama por ver la luz del día y de cuyo parto muchos de nosotros, incluso algunos de los candidatos aún no son plenamente conscientes, debe ser asumido y liderado por los hombres más capaces de la Venezuela democrática. Lúcidos, experimentados, conscientes, cultos y templados como para asumir el mando del barco que se nos hunde irremediablemente en medio de la tempestad.

Dejar la elección de ese capitán in extremis en manos de la manipulación mediática y demoscópica sería una tragedia. Venezuela no tiene derecho a equivocarse. Está obligada a despertar de una buena vez y dejar de creer en pajaritos preñados. En juego está la Patria y doscientos años de historia.

Antonio Ledezma no es el único candidato que posee los atributos y virtudes necesarias para esta operación de salvataje extremo. Los cuento escasamente con los dedos de una mano. Pero de ellos, Antonio Ledezma es sin duda ninguna uno de los más capacitados.

Es la razón última de mi incondicional respaldo. Soy un demócrata y me someteré a la decisión de las mayorías, por errada que sea esa decisión. Respaldaré con todas las fuerzas de mi corazón y de mi intelecto al ungido, así no lo considere el más apropiado para la circunstancia. Que muy probablemente, visto el retiro de los dos más capacitados políticos de la circunstancia: Eduardo Fernández y Antonio Ledezma – difícilmente podrá sortear los escollos sin su auxilio definitorio. Finalmente y para nuestra inmensa fortuna, ese y los próximos gobiernos de transición deberán ser gobiernos de Concertación Nacional, en los que deben participar todos los partidos y todos los sectores democráticos del país. Un auténtico gobierno de Unidad Nacional.

Les serviré desde el puesto de batalla que se me ordene. Pero no dejo de sentir inquietud al saber que ese ungido no será el hombre que respeto y admiro: Antonio Ledezma. El trascendental paso que hoy ha asumido, lo separa del juego estrictamente electoral. Espero que no lo separe de las responsabilidades que la historia nos asigne. La Patria se lo merece. Y nos necesita.

Fuente: http://www.noticierodigital.com/2011/11/antonio-ledezma/

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