Ocho, diez, doce, trece días llorando sin parar y solo ayer se sintió con una pizca de calma para arrimarse a mi apartamento y preguntarme: “¿Qué pasó?”. Se llama Rosa María, cumplió 18 años en abril, mi vecina de enfrente, la menor y única hembra de una camada de tres cachorros con madre divorciada y todo y depositó en su primer voto la esperanza que creía necesaria para cambiar a Venezuela. Es bonita, muy bonita, de esas venezolanas cruzadas con una belleza exterior e interior difícil de elucidar y descifrar y un fuego en los ojos que arde sin aturdir ni deslumbrar. Ese fuego brilló especialmente cuando se incorporó a la campaña de Henrique Capriles con tal pasión que abandonó por 6 meses sus carrera de medicina, recorrió el país de punta a punta, conoció gentes y pueblos que no sabía que existían e hizo realidad por primera vez la enseñanza escolar de que pertenecía a un país, sociedad o patria llamada Venezuela. “¿Qué pasó?” me dice ahora sentada en la alfombra de la sala de mi apartamento, con ojeras insinuadas, cabello leonado, voz cansada, pies cruzados que alojan unas sandalias como gastadas por el polvo de los caminos y una ansiedad por la respuesta que me hace sentir en la sala de interrogatorios de un poder que no alcanzo a definir ni comprender.

“Nada” comienzo “que en política se gana o se pierde y perdimos”.

“Perder, perdimos…nadie me habló nunca en las incontables reuniones que asistí de esas palabras. Y hubiera sido importante saber que existían”.
“¿Tampoco le dijeron que librábamos una batalla desigual contra un gobierno autoritario, dictatorial, neototalitario, que no respeta las reglas de juego, el estado derecho, la constitución, taimado, doloso y experto en ganar elecciones ventajistas, fraudulentas y truculentas?
“No, ciertamente no…¿y eso hubiera sido importante para cuidar los votos…verdad?
“Claro, para dar la batalla adicional que no podía ser otra que hacer respetar la voluntad popular. ¿No quiere tomar nada? ¿Agua, café, cerveza, vino?
“Agua, porque llorar da mucha sed. Una sed difícil de mitigar. Pero yo voy a la nevera y me la sirvo. ¿Quiere usted?
“Si tráigame un vaso, también tengo sed, aunque a decir verdad no he derramado una lágrima. No se llorar”.
Regresa con dos vasos en una mano, y una jarra de agua en la otra, los coloca en la alfombra, se sienta, los llena y primero me invita a brindar “por usted, por mi, por Venezuela, por la democracia, por la libertad” y después degusta otro mientras se prepara para la siguiente pregunta.
(La sigo desde mi sillón y veo que interpone entre nosotros la jarra y los vasos en perfecto orden).
“Dígame ¿de dónde salieron esos 8 millones de votos?”
“Nunca se sabrá, porque a un régimen autoritario o neototalitario no podrás creerle nunca si te revela el origen o la naturaleza de su poder. Pero muchos pudieron venir de empleados públicos, o de miembros de las misiones obligados a votar coactivamente, otros de extranjeros habilitados ilegalmente para votar, y otros de la presión que ejerce el miedo o la política clientelar que llegó a niveles jamás visto ni en este, ni en ningún país.
“O sea, que nos chucearon”.
“Si le gusta el término… sí…”
“¿Sabe señor periodista? Voy a seguir en la política, me gustó la política, y ya me estoy secando las lágrimas y haciendo los bártulos para ir a incorporarme a la campaña de Capriles por la gobernación de Miranda. Claro, ahora más experimentada, entrenada y convencida de que peleamos contra un Goliat tramposo y que, además de la honda, debemos reunir fuerza y astucia”.
Me deja sin aire, confundido, estupefacto, sacudido por las palabras y el fuego en los ojos de la muchacha que ahora, no solamente ilumina su cara, sino la sala que de repente destella tonos de un amarillo girasol y azul añil. Noto que se pasa una de las mangas de su blusa por las mejillas como secándose unas lágrimas que ya no tiene.
“Entonces” me sale una voz temblorosa “¿nada de irse del país, o retirarse de la política, regresar a sus estudios de medicina o tratar de olvidarse de la experiencia que la ha hecho derramar tantas lágrimas?
“Nunca” dice “eso jamás. Regresar a estudiar medicina si, porque es un gusto que le quiero dar a mi mamá y a mis hermanos, pero irme de Venezuela y dejar la política y las batallas que nos esperan para vencer la dictadura…nunca”
“Quiere decir” le digo “que no fueron inútiles los seis meses que pasó pateando a Venezuela por la candidatura de Capriles, que se encontró tocada por los dolores de esa suerte de parto que no termina y es la causa que sean las mujeres las que siempre están en las primeras filas de la lucha por la democracia y la libertad en el país”.
“Déjeme decirle, no soy experta en eso de hablar y escribir, pero los sentimientos se me agolpan en alguna región del cerebro, de la mente y se retuercen por salir: pero vi tanta gente por los caminos de Venezuela, vi tantos niños y ancianos que me abrazaban y decían que querían un cambio, tantos pueblos abandonados porque no tenían luz, ni escuelas, ni hospitales, que me convencí de que la lucha no termina porque se acabe un gobierno y empiece otro, o porque siga el mismo, que no hay que cejar en la organización, la preparación, y la decisión para que las cosas dejen de ser como son y un día amanezcan como recién hechas, como recién creadas”
“¿Dónde aprendió a hablar tan bonito, tan poético?”
“¿De verdad le parece? Pues nació aquí, ahora, según fui descubriendo la verdad de que no estamos derrotados sino cerca de la victoria final?
“¿Por qué entonces tanto llanto?”
“Por qué es bueno llorar si sientes que ya no tienes un bien o un anhelo perdido. Hace dos años se fue a Canadá el primer y único novio que he tenido. Lloré cuando se fue y después cuando me escribió para decirme que se había enamorado de una canadiense y ya no lo esperara para casarnos. Lloré mucho, mucho, mucho, días, semanas, meses enteros, hasta que al fin me sentí limpia, despojada de todo aquello y dispuesta a seguir otro camino. Por eso no me vengan con mentiras, con verdades trucadas, con premios de consolación porque no me van a permitir zafarme del lastre de la derrota que necesito tirar por la borda para poder continuar”.
“Caramba” digo otra vez con voz temblorosa “creí que venía usted a buscar ayuda y lo que está es dandómela”
“Jajaja” se ríe por primera vez “Yo dándole ayuda usted. Un periodista que ya debe haber pasado por una y mil derrotas como esta”.
“Ahí se equivocó” continúo “Ninguna derrota se parece a otra y ésta es una de las más extrañas y dolorosas que he conocido. No voy a decir que he derramado una lágrima, pero si pudiera, hubiera llorado tanto como usted. No voy a decir que no voy a seguir en la lucha, pero más por tradición que por convicción”
“Entonces véngase con nosotros a la campaña de Capriles a la gobernación de Miranda, porque ya estoy pensando en reorganizar el grupo de muchachas que trabajamos en la presidencial, para incorporarnos a la regional”
“No creo que me acepten” señalo “soy muy crítico y los críticos no somos bienvenidos en ninguna campaña electoral. En realidad, creo que no somos bienvenidos en ninguna parte”.
Me regala su mejor sonrisa de la noche, una que combina afecto con incredulidad, sorpresa con ternura y la gratitud de quien cree que le están tomando el pelo de una manera sana y hasta divertida.
Es ya cerca de la medianoche, se levanta, y se va con el espléndido porte y la extraña belleza que le ha permitido superar trece días de llanto con poca mella. Antes de que cierre la puerta me pregunta:
“Dígame: ¿Ya escribió o va escribir el artículo de esta semana? ¿Cómo se llama o llamará?
“No llores más, Rosa María, no llores más” y se va intrigada, con los ojos brillándole más que nunca y sin otro comentario que otra sonrisa.

Autor: Manuel Malaver, publicado el Lun, 22/10/2012

Fuente: http://diariodecaracas.com/blog/manuel-malaver/no-llores-mas-rosa-maria-no-llores-mas

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