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Posiblemente, a la luz del panorama cultural del mundo de hoy, podamos darnos cuenta de que el resultado más importante y duradero de los grandes imperios coloniales fue la extensión de las lenguas.De un mundo fragmentado en infinitas lenguas locales, que fue el de la prehistoria y, nuevamente, el de la Edad Media; se pasó a la realidad de la Era actual, en la que predominan no más de media docena de lenguas.

No fue sin duda éste el propósito que movía a navegantes y conquistadores. Iban en busca de otras cosas más materiales e inmediatas que la expansión de una cultura. Iban en logro de esclavos, de metales preciosos, de especias, de rica mercadería y de botín. El destino de la lengua inglesa no debía preocupar mucho a Drake o al capitán Cook. Como no era tampoco el ansia de propagar el portugués lo que movía a Vasco de Gama o a Cabral. Ni menos la ambición de expandir el español a nuevas tierras lo que impulsaba al genovés Colón.

El proceso colonial, que se inicia a fines del siglo XV, va a dar un predominio universal a un pequeño número de lenguas. Al inglés y no al italiano, al español y no al alemán, al portugués y no al turco y, más tardíamente, al francés.

Fue siempre difícil para los europeos liberarse y sobrepasar los límites de una visión de poder y de historia futura restringida a su masa continental. El pequeño cabo de Asiam, como llamaba Paul Valery a Europa, vivió vuelto hacia sí mismo. No fue distinto el caso de las demás comunidades continentales de pueblos.

Ni los asiáticos, ni los africanos, ni menos los indígenas americanos pudieron tener una visión global.

Esa visión global fue tardía e incompleta aun en Europa. Y muy gobernada por el azar. Las navegaciones originales de españoles y portugueses fueron poco más que búsquedas azarientas de gente navegante. El mundo cercano les estaba en cierta forma vedado y cerrado por la presencia de las otras potencias rivales. Era posible entonces pensar en buscar riquezas fáciles del lado de las tierras desconocidas.

Muchos de ellos no hicieron otra cosa que poner establecimientos costeros para el comercio y la protección. Mercados remotos asegurados por las naves.

Tal vez el único que a tan temprana hora tuvo la intuición del destino de los idiomas asociados a la expansión fue el gran humanista Antonio de Nebrija. Cuando en el auspicioso año de 1492 dedicaba la primera gramática del castellano, que era también la primera de una lengua moderna, a la reina Isabel, decía que la había compuesto «porque la lengua era compañera del imperio». Sin. embargo, para esa hora nada se sabía del resultado del viaje de Colón y Nebrija pensaba muy posiblemente en la expansión española en Africa y en la misma Europa.

Para un político europeo, descarnadamente realista, como Bismarck, poco significaban las colonias. Su campo de dominio era la comunidad europea y se extendía desde la costa atlántica hasta los Urales. Que colonizaran los demás. Fue ya tardíamente cuando comenzó a comprender su error.

El proceso de la expansión colonial dejó como legado el inglés, el español, el portugués y el francés, convertidos en lenguas transcontinentales, que hablan hoy gentes extrañas y remotas que nada tuvieron que ver originalmente con los aislados pueblos que crearon esos idiomas.

Terminaron los imperios, se rompieron los más de los vínculos políticos y económico s que habían forjado, pero quedó ese nuevo y poderoso fenómeno de la universalización de ciertas lenguas.

Quien dice lengua dice cultura. Quien habla inglés como lengua de comunicación en el más apartado rincón de Asia o de Africa participa fatalmente en formas importantes de la cultura que crearon durante siglos de historia propia los anglosajones. El parsi del Indostán, el cultivador de Kenya, el habitante de Jamaica. Lo mismo ocurre con el Africa y el Asiafrancófona. Las guerras que han desgarrado el sureste asiático en el último cuarto de siglo, no han desarraigado ni la lengua francesa ni la herencia cultural que allí quedó injertada. El caso del español en la América Latina y del portugués en el Brasil, es semejante al del inglés en los Estados Unidos y el Canadá y los antiguos grandes dominios del Sur de Africa y de Oceanía. No ha ocurrido allí la introducción de una lengua de comunicación, sino el transplante de una lengua materna.

En la historla cultural del mundo, y en las proyecciones de su futuro, no hay ningún hecho que ni remotamente tenga una importancia similar. Importancia que en gran parte escapó a los hombres que lo hicieron.

 

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