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El territorio de lo que hoy es Venezuela fue durante el período colonial y el siglo XIX un modesto país agropecuario. El descubrimiento del petróleo en Rubio, estado Táchira, es un bucólico episodio que no presagiaba lo que sucedería en el siglo siguiente con el oro negro. Las exploraciones del codiciado hidrocarburo en la costa oriental del lago de Maracaibo tienen una fecha inicial que presagiaba un rotundo éxito. El descubrimiento del pozo petrolero Zumaque 1, en Mene Grande, Zulia, el 31 de julio de 1914, marca el inicio de la era petrolera venezolana. El auge definitivo lo marcó el “reventón del pozo Barroso 2, perforado por la Shell. El 14 de diciembre de 1922, y durante nueve días, produjo más de cien mil barriles diarios”.

La economía empezó a dar un vuelco copernicano. Decayó la agricultura, comenzó el éxodo del campo a los centros petroleros de oriente y occidente, el Estado recibió ingresos suficientes para consolidar el poder de los gobiernos de turno, y el rostro del país empezó a tener otros rasgos. El petróleo se convirtió en el ángel y demonio de los bienes y males que nos han acompañado a lo largo de un siglo, y sigue siendo el asiento principal de los ingresos del país.

Hombres como Arturo Uslar Pietri sentenciaron la necesidad de sembrar el petróleo, es decir, de aprovechar la riqueza que producía para consolidar un desarrollo independiente del oro negro, visto que es un recurso no renovable y que las actuales circunstancias del mundo exigen a gritos la búsqueda de combustibles menos contaminantes que garanticen la supervivencia del planeta. (Negritas y cursivas nuestras)

Si bien durante décadas el petróleo permitió la modernización del país, el aumento de su precio ha generado la tentación del nuevorriquismo de gastar sin medida y del nefasto bacilo de la corrupción, unida a pruritos de grandeza planetaria, pretendiendo meternos entre los grandes del mundo, simplemente porque somos ricos en el oro negro.

Del total de ingresos por venta de la industria petrolera, el 69% se ha materializado en los últimos 15 años, es decir, durante los años de la era chavista. Si bien en los momentos de mayor bonanza se produjeron progresos notables en infraestructura y calidad de vida, en estos tres lustros de superabundancia de ingresos la pobreza no ha disminuido y representa hoy el 27,2% de la población venezolana.

Es hora de preguntarnos si vamos por el camino correcto y si vale la pena celebrar este centenario o buscar nuevos caminos que hagan posible que los venezolanos vivamos mejor y nos convenzamos de que la riqueza no trabajada y su uso irracional no es la manera de hacer de la justicia y la equidad, la añorada felicidad y bienestar.

Monseñor Baltazar Enrique Porras Cardozo
Sábado, 26 Julio 2014

Fuente: http://www.correodelcaroni.com/index.php/opinion/item/17172-100-anos-de-la-industria-petrolera

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