En conversación con los presentes en nuestra casa, se decidió que yo no debía asistir solo al encuentro. Mons. Azuaje me acompañaría. Salimos vía Televen, con los Padres Fonti y Quintero, en el carrito del primero. Era la 1.30-2.00 a.m. aproximadamente. La soledad de la autopista sobrecogía. Caracas era una ciudad muerta, desierta. Únicamente en la cabecera del aeropuerto de La Carlota vimos tres o cuatro vehículos con las luces encendidas hacia la pista. Por el camino, rezamos apresuradamente el Rosario y nos encomendamos a todos los Santos.

En las inmediaciones del canal observamos una caravana de camionetas militares. Fuimos conducidos al piso de la presidencia. Allí encontramos a los generales Néstor González González, Rommel Fuenmayor y Enrique Medina Gómez. Este último acababa de llegar de Washington, por el oriente del país. Aunque era el de mayor jerarquía y antigüedad parecía no estar del todo empapado del operativo que se llevaba a cabo. Le pregunté qué pasaba, al Gral. Fuenmayor, -el único al que conocía de antes, por ser cuñado del Comandante Francisco Arias Cárdenas-. Me dijo que en la tarde, él estaba jugando tenis en las canchas del Hotel Tamanaco, cuando recibió una llamada de la Comandancia indicándole que se presentara cuanto antes. De allí lo mandaron para Televen. Además, estaban presentes el Presidente de dicho canal, Dr. Omar Camero y el Lic. Carlos Croes.

Se comunicaron con Miraflores e indicaron que ya yo estaba con ellos, con la finalidad de ayudar a garantizar la vida del Presidente y servirle de garante. Me volvieron a preguntar cuál había sido la solicitud del Presidente. Les repetí lo que ya sabían. Afirmaron que por los acontecimientos del día, -particularmente las muertes ocurridas-, era inaceptable que el Presidente abandonara el país.

El resto del tiempo, fuimos testigos mudos de lo que acontecía a nuestro alrededor y de las conversaciones que sostenían los militares anteriormente nombrados con los mediadores del Presidente en Miraflores, los Generales Manuel Antonio Rosendo e Ismael Eliécer Hurtado Soucre. Conversaban sobre la renuncia y el operativo a seguir de allí en adelante. Acababan de pasar un fax con un texto en el que solamente estaba contemplada la renuncia presidencial. Fue devuelto, pues el Presidente quería facilitar las cosas; pidió que incluyeran previamente la destitución del Vicepresidente y de los ministros, porque Diosdado no sirve para eso. Este segundo texto fue revisado, Constitución en mano, por el General Fuenmayor. Lo reenviaron por fax a Miraflores con la inclusión de la sugerencia recibida.

Por el diálogo que mantenían los negociadores, era claro que la condición que había expresado el Presidente era que firmaba la renuncia si se le trasladaba a Maiquetía directamente y se le ponía en la escalerilla del avión para salir del país. Al parecer, el avión presidencial, el Camastrón, estaba listo en la pista de Maiquetía para levantar vuelo cuando lo ordenaran. Le informaron que aquí estaba yo para garantizarle la vida, tal como él lo había solicitado, pero que no podía poner condiciones. En algún momento, llegó la noticia de que alguien, -probablemente en el vehículo del señor José Vicente Rangel-, estaba bajando hacia La Guaira por la autopista y estaba siendo rastreado por el radar. Dieron orden de interceptar cualquier carro que circulara por dicha autopista. Según ellos, dejar ir al Presidente del país lesionaría más a la Institución de las Fuerzas Armadas.

En algún momento las conversaciones con Miraflores se volvieron tensas. Cuando desde allá les dijeron que estaban dispuestos a resistir y que contaban con un batallón de tanques leal al Presidente, y que ya había salido de Fuerte Tiuna, éstos les respondieron que dichos tanques estaban dispuestos a volar Miraflores si fuere necesario. Parecía una dilatoria para ganar tiempo, no firmar la renuncia y esperar el amanecer con el Presidente y su gente en el Palacio. Todo debía arreglarse cuanto antes, para evitar mayores imprevistos.

Debido a que la madrugada se echaba encima, los Generales decidieron dirigirse a Miraflores a forzar el cumplimiento de lo prometido por el Presidente. Nos pidieron les acompañáramos para ejercer la función de resguardo, pero al ir por el pasillo hubo una llamada desde el Palacio Presidencial donde anunciaban que el Presidente había accedido dirigirse a Fuerte Tiuna, a la Comandancia General del Ejército. Pidió escolta y le respondieron que la Casa Militar tenía la suficiente infraestructura para trasladarlo sin problemas hasta Fuerte Tiuna. Ante esta nueva situación, nos subimos en uno de los carros de la caravana militar para ir hacia el Fuerte. En ese momento, los Padres Fonti y Quintero regresaron a Montalbán. Mons. Azuaje y mi persona fuimos en la otra dirección. Aproximadamente hacia las 3 de la mañana, la aglomeración de vehículos en las inmediaciones de La Carlota era grande. Pasamos despacio, sin mayores contratiempos. Había un grupo de gente con banderas. El resto de la ciudad lucía solitaria.

Hubo un hecho relevante en medio de todos los acontecimientos: el General en Jefe Lucas Rincón, junto con miembros del Alto Mando Militar, anunció en directo a través de los Medios de Comunicación, que, visto lo sucedido durante el día 11, el Alto Mando Militar le pidió la renuncia al Presidente de la República, la cual aceptó. Esta comunicación del Militar de mayor rango en todo el territorio nacional generó zozobra, y mayor confusión, aunque el mensaje era muy claro: se podía interpretar como un vacío de poder.

Una reflexión parece imponerse, en este punto, a partir del manejo reiterado, por parte de fuentes oficialistas, de la tesis de un golpe de Estado. La ausencia de una Comisión de la verdad con sus conclusiones y correspondientes responsabilidades judiciales, políticas y morales, descalifica muchas de las lecturas y conductas asumidas por el poder. Dejar en libertad a unos, por ser cercanos al oficialismo y tener prisioneros a otros, sin que se cumpla con las exigencias judiciales y humanitarias, indica inequidad en la aplicación de la justicia, para decir lo menos. Purificar la memoria, como lo repitió insistentemente Juan Pablo II para situaciones similares o peores, es una exigencia de la justicia y de la caridad. Los regímenes políticos vuelven – o intentan - a escribir la historia, porque desconocen o pretenden hacer (ver) que la razón no está de una sola parte. Dice un teólogo: los políticos de todos los tiempos y de todos los continentes necesitan aniquilar la memoria para dominar y explotar a los pueblos.

Fuente: http://www.vlinea.com/index.php?option=com_content&view=article&id=10563%3Abaltazar-porras-memorias-de-un-obispo-los-primeros-meses-del-2002-&catid=1%3Anacionales&Itemid=64&limitstart=6 

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