Una vez en Fuerte Tiuna, fuimos conducidos hasta el piso donde se encuentra la oficina del Comandante General del Ejército, Gral. Vázquez Velasco. En la sala contigua a su oficina había un número grande de generales, los únicos que tenían acceso a dicho recinto. Fuera de Mons Azuaje y mi persona, a los únicos que vimos fue al Comandante Francisco Arias Cárdenas y al Gral. Oswaldo Sujú Rafu, en traje de civil ambos. El ambiente era tenso, aunque reinaba un comportamiento discreto, sin alteraciones ni palabras malsonantes.

Ni Mons. Azuaje ni un servidor conocíamos a la mayoría de los que allí estaban o pasaban. Realmente era una multitud de altos oficiales. El militar que nos guiaba hasta la oficina del Comandante General tenía que abrirse paso, entre tantos que iban y venían. Ambos Obispos tuvimos que aferrarnos bien el uno al otro, para no separarnos. Logramos situarnos frente a la puerta del Despacho del Comandante General. Un General golpeaba la puerta para que abrieran, gritando que eran los Obispos que había llamado el Presidente para su resguardo. Varias veces se abrió la puerta sin que pudiéramos entrar. Cuando lo logramos, nos colocamos delante de una pared lateral, cerca de la puerta; allí podíamos ver al Gral. Efraín Vázquez Velasco sentado con sus asistentes, al lado y de pie. Parecía un autómata. No se levantó de su silla y no respondía a los que le gritaban que mandara y tomara las riendas de la situación. Sólo murmuraba alguna palabra con los edecanes que no se separaban de su lado o solo atendían el teléfono. Todos los que pasaban a nuestro lado nos saludaban deferentemente sin mediar muchas palabras. Oíamos lo que decían y hacíamos nuestras reflexiones en voz baja.
Se hablaba de muchas cosas: de la corrupción, del Plan Bolívar 2000; se señalaban nombres, cantidades de dinero, gastos en armamentos, 35 millardos en compra de armamento no militar, lo que ocasionaba gran preocupación dentro de la Fuerzas Armadas Nacionales, y que el Palacio de Miraflores se había convertido en un bunker con un sofisticado sistema de seguridad al estilo del de Saddam Hussein. Salían a relucir, como cerebros grises de estas componendas sin ética, los Ministros Diosdado Cabello, Ramón Rodríguez Chacín y José Vicente Rangel. Algunos agregaban los nombres del señor Freddy Bernal y de algunos diputados de la Asamblea Nacional.

La mayor repulsa en aquella hora fue contra la activación, hacia la una de la tarde del 11 de abril, del Plan Ávila 1, ordenada por el Presidente y el General Jorge García Carneiro. Se argumentaba que una orden de tal magnitud estaría reservada para situaciones extremas; ya que incluye disparar contra la población, lo cual siempre pone en peligro los derechos humanos fundamentales, y los que deben responder por ello son los órganos de seguridad del Estado y los militares. Esto, unido a la cadena presidencial que buscó tapar la orden dada, según se dijo, fue el detonante que motivó la comparecencia de los diversos componentes de las Fuerzas Armadas ante las cámaras de televisión, retirándole la obediencia al Jefe del Estado.

Si el Dr. Pedro Carmona se encontraba en Fuerte Tiuna debió ser un secreto bien guardado y conocido por muy pocos. En ningún momento su nombre llegó a nuestros oídos, entre las muchas conversaciones que constituían las reflexiones del Generalato presente en la Comandancia General del Ejército. Tampoco daba la impresión de que algunos estuvieran en algo que era desconocido por el resto. En aquel recinto, no había ni agua ni café. Tampoco nadie nos lo ofreció.

Los Generales, ante la inminente llegada del Presidente, deliberaron sobre qué hacer. Había diversas posiciones. Tenían la disyuntiva de dejarlo salir del país, tal cual lo había pedido, o someterlo a custodia militar. Había dudas sobre la decisión a tomar. La fuerza de la argumentación que ponían para dejarlo en el país estaba en que debía pagar y ser juzgado por las personas que habían muerto. Otros opinaban que era mejor sacarlo del país como había pedido y solicitar posteriormente su extradición.

Un general de división de la Guardia Nacional, que llegó tarde porque venía de atender asuntos complejos de la marcha, pidió le prestaran atención; palabras más, palabras menos, planteó lo siguiente: mi opinión es que debemos dejar salir del país al presidente. Los que sabemos de estas cosas somos nosotros que conocemos las leyes y cómo actuar ante la detención de una persona. ¿Qué significa bajo custodia? Uno está preso o libre. No hay otra condición. Y no tenemos ninguna orden judicial que avale la situación. ¿Cómo vamos a justificar ante el pueblo que lo tenemos retenido?; ¿eso no significa que está preso? Además, muchos de Uds. no saben lo que es cuidar un preso y más si se trata de un presidente. Sin tomar en cuenta estas palabras, otro contestó, eso no se discute. Ya está decidido que no se va. Bueno, dijo de nuevo el general de la Guardia, que conste que acato lo que hayan decidido, pero no estoy de acuerdo.

La siguiente discusión la plantearon en torno al lugar de custodia. Decidieron que fuera en la isla de La Orchila; pero el Vicealmirante Héctor Ramírez dijo que allí sólo tenía cuatro soldaditos con carabinas y necesitaba tiempo para acondicionar y dar mayor custodia al lugar. Quedaron en darle un espacio de tiempo prudencial para cumplir ese objetivo. Terminadas estas discusiones se fueron retirando de la oficina del Comandante.
Cuando se anunció que la caravana presidencial ya había salido de Miraflores rumbo al Fuerte Tiuna, desaparecieron de nuestra vista los generales. Quedamos en compañía de unos pocos Coroneles y Tenientecoroneles que nos condujeron, por un ascensor, hasta el los sótanos de la Comandancia General del Ejército, lugar que reseñó la televisión cuando llegó la Comitiva Presidencial.

Fuente: http://www.vlinea.com/index.php?option=com_content&view=article&id=10563%3Abaltazar-porras-memorias-de-un-obispo-los-primeros-meses-del-2002-&catid=1%3Anacionales&Itemid=64&limitstart=7

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