Hacia las 4 de la mañana, llegaron el Presidente y su escolta a Fuerte Tiuna. La televisión lo trasmitió en vivo y directo. Entre los Generales Rosendo y Hurtado Soucre estaba el Presidente en uniforme militar de campaña. Me saludó, pidió la bendición y pidió perdón por el trato a mi persona. Le di un abrazo y lo bendije. Enseguida saludó a Mons. Azuaje, quien también le dio la bendición y un abrazo. Fue conducido, rodeado de soldados armados, en medio de nosotros dos. Entramos a un ascensor y llegamos al piso superior de la Comandancia del Ejército. El Presidente saludaba a todos. A los que reconocía, los llamaba por su nombre y preguntaba por la familia. Se notaba en su rostro y semblante el estar viviendo horas traumáticas en las que hacían aparición el cansancio y la expectativa. Era un hombre entregado a la suerte de sus captores. Con todo, trataba de mostrar serenidad.

Una vez que entramos a un amplio salón, preguntó, dónde estaba. Le dijeron que era la sala donde se reunía el Estado Mayor de la Comandancia. Manifestó no haber estado nunca allí. A los pocos minutos se hizo un número considerable de Generales de División y algunos de Brigada. Él saludó y llamó a unos cuantos por su nombre. A pesar de la lógica tensión del momento hubo un trato deferente de parte y parte.

Al Presidente le fue comunicado que quedaba bajo custodia de las Fuerzas Armadas y que debía firmar la renuncia tal como habían acordado. Un subalterno le acercó una carpeta. Sin abrirla, preguntó qué contenía. Le dijeron que era el texto de la renuncia para que la firmara. El Presidente ripostó: Ustedes me han cambiado las reglas de juego. Yo le dije a Rosendo y a Hurtado que firmaba la renuncia si me mandaban fuera del país. En eso quedamos. Pero ustedes dicen que quedaré bajo custodia, lo que quiere decir que estaré preso. Tendrán preso a un presidente electo popularmente. Pero no voy a discutir eso. Ya que he venido hasta aquí, estoy en manos de ustedes para que hagan conmigo lo que quieran.

El Presidente señaló que no iba a discutir nada. Pero profirió unas palabras lapidarias: pienso que soy menos problema para ustedes si me dejan salir que si permanezco en el país. Pero ustedes tienen la última palabra. Estas palabras provocaron un murmullo entre el Generalato. Entonces se oyó la voz del General González González quien, con voz de mando señaló: si los Generales tienen algo que discutir entre ellos que salgan. Así lo hicieron todos.
De nuevo quedamos solos los tres. El Presidente a mi izquierda y Mons. Azuaje a mi derecha. En el fondo del salón, dos o tres soldados de la escolta presidencial. A uno de ellos le pidió un cafecito. Se lo trajeron pero no le gustó y lo apartó. A la solicitud de un cigarrito, se lo dieron, lo encendió y fumó. Conversamos durante un largo rato. Evocaba recuerdos de su niñez, juventud, Escuela Militar y sobre los diversos destinos militares que había tenido.

El Presidente no estaba incomunicado, tenía un celular que sonó y respondió. Era su esposa Marisabel a quien le dijo que no se preocupara, que estuviera tranquila, que él estaba bien, que estaba con Mons. Porras y Mons. Azuaje. Luego de un breve diálogo, colocó el celular encima de la mesa. No habían pasado cinco minutos cuando hubo una llamada al celular de Mons. Azuaje. Era nuevamente Marisabel, pidiendo: cuiden a Hugo. Según relató Mons. Azuaje, estaba afligida y sollozando. Llamaba desde Barquisimeto. Después de esa llamada, el Presidente hizo alusión a su niña Rosa Inés y le pidió a Mons. Azuaje que la visitara cuando regresara a Barquisimeto.

Entre sus cuitas, nos señaló: Bueno, yo estoy aquí en manos de ellos. Pueden hacer conmigo lo que quieran. Les he facilitado todas las cosas; aún más, les dije que yo destituía a Diosdado porque sé que no podría quedar al frente, ya que no sería aceptado por todos; les propuse que pusieran en el documento de renuncia la destitución de Diosdado y de todo el gabinete para facilitarles las cosas. Fieles al papel sacerdotal que estábamos desempeñando, dejábamos que él se desahogara, sin contradecirle ni reclamarle nada. Cuando se le quebraba el ánimo y las lágrimas querían aparecer, se ponía los dedos sobre la parte superior de la nariz para contenerlas; y seguía conversando. Relató que había leído el último libro de Og Mandigno, y nos contó sus impresiones sobre el mismo.

Pero, el tema de las muertes del día anterior, era el plato fuerte. El nos repetía que ahora sí iba a tener tiempo para leer y reflexionar, para evaluar su gestión y pensar con calma en el futuro. Hacía alusión a todo lo bueno que había querido hacer. Yo le comenté: ¡Qué lástima terminar con una página como la de hoy, con estas muertes! De una vez ripostó que esas muertes eran de la oposición, de Bandera Roja, Acción Democrática y la Policía Metropolitana (del Alcalde Peña). Entre las muchas cosas que intercambiamos, le dijimos que sacara tiempo para rezar y explayarse ante Dios. Nos pidió que rezáramos por él.

No sé cuanto tiempo duró aquella conversación. Se me antoja que fue prolongada. Probablemente la aurora estaba cercana, aunque en el salón donde nos encontrábamos no había ventanas hacia la calle. Lo que sí hay son cámaras, seguramente de circuito cerrado. De estas grabaciones deben ser las fotos que han circulado, pues no me percaté de que ninguno de los generales tomara fotos.

Aparecieron de nuevo los Generales. Esta vez en menor número que en la anterior. El Vicealmirante Héctor Ramírez Pérez le dijo que la decisión del Generalato permanecía inalterable. No salía del país. El Presidente volvió a recordarles que le habían cambiado las reglas de juego y que él quería hacer algunas reflexiones. Un General que se encontraba en la entrada del salón les indicó a los otros, que no era hora de oír reflexiones, sino de comunicarle a la población la nueva situación del país. Jamás y nunca nos imaginamos que era presentar a través de los Medios de Comunicación al Dr. Carmona como nuevo Presidente de la República. Los Generales se retiraron y quedamos solos con el Presidente y unos tres miembros de su custodia personal.

Al poco tiempo apareció uno de los militares de confianza, quien le indicó al Presidente que debía cambiarse la ropa militar. Nos trasladaron a una oficina cercana que tiene una habitación anexa. En ella habían colocado el maletín que traía el Presidente. Cuando entró a la habitación, los pocos militares que se encontraban allí preguntaron si habían revisado el equipaje, a lo que respondieron que no; en ese momento dieron orden al soldado que custodiaba la puerta de la habitación que la entreabriera y observara todos los movimientos que se dieran en la parte interna.
Pasados unos minutos, salió el Presidente con un mono deportivo y botas nuevas de paseo. Luego, bajamos en otro ascensor. El Presidente se levantaba sobre la punta de los pies y nos decía: ¡me quedan bien, verdad!. En esta oportunidad ya no vimos a ningún General. Seis o siete Coroneles o Tenientecoroneles nos acompañaban. En contraste con la llegada, aquellos inmensos pasillos estaban vacíos. Salimos a otro lugar, un estacionamiento, donde lo esperaba un vehículo Toyota.

La despedida entre aquellos oficiales y el Presidente nos llamó enormemente la atención. Casi sin palabras, pero abrazos muy emotivos de parte y parte. Más perplejos quedamos, al oír los comentarios de ellos cuando quedamos solos: por fin…

De los últimos en despedirse fuimos los dos Obispos. Estaba más quebrado el ánimo del Presidente. Le brotó una lágrima y nos dijo: trasmitan a todos los obispos que recen por mí y les pido perdón por no haber encontrado el mejor camino para un buen relacionamiento con la Iglesia. Dénme su bendición. Sin más, se montó en el vehículo y desapareció de nuestra vista. Nos llamó la atención que los militares que lo acompañaban en el carro, parecían miembros de su Casa Militar. ¿Estaba bajo custodia, preso, detenido? Por lo que oímos durante la noche, su primer destino iba a ser por unas horas en alguna casa dentro de Fuerte Tiuna, mientras se acomodaban las cosas para trasladarlo a La Orchila. Ya había luz natural. Eran, más o menos, las 6.30 de la mañana del 12 de abril.

Regresamos a otro lugar, con los oficiales que nos habían acompañado. De pronto, ellos también desaparecieron y quedamos solos. Esperamos un rato hasta que apareció alguien de civil y nos preguntó si teníamos vehículo. Le dijimos que no y que queríamos regresar a Montalbán, a la sede de la Conferencia. En un carro negro grande, un tanto destartalado, porque le sonaba todo mientras volaba hacia nuestro destino; sin mediar palabra, llegamos a la Casa Monseñor Ibarra. Había concluido la misión para la que habíamos sido convocados por el mismísimo Señor Presidente. Teníamos la satisfacción del deber sacerdotal cumplido. Los interrogantes eran muchos. Decidimos dormir pues estábamos agotados y en toda la noche no habíamos tomado ni agua, ni café, ni ido al baño. Y la mayor parte del tiempo estuvimos de pie. Comenzaba la mañana del viernes 12 de abril.

Antes de dormir, encendimos el televisor del quinto piso, donde quedaban nuestras habitaciones. La gran sorpresa fue ver la escena donde los Generales que hacía poco tiempo estaban en la sala de reuniones de la comandancia General del Ejército, aparecían en pantalla televisiva mostrando al Dr. Carmona como el nuevo Presidente de Venezuela. Esa era la nueva situación a la cual se había referido el General que se encontraba en la puerta del salón. Ahora sería más difícil conciliar el sueño.

Fuente: http://www.vlinea.com/index.php?option=com_content&view=article&id=10563%3Abaltazar-porras-memorias-de-un-obispo-los-primeros-meses-del-2002-&catid=1%3Anacionales&Itemid=64&limitstart=8

Volver

Escribir un comentario


Código de seguridad
Refescar