Por la tarde, casi entrando al Palacio de Miraflores, recibí una llamada telefónica de la esposa del Embajador de Cuba, Germán Sánchez Otero. Solicitó, en forma un tanto nerviosa y airada, nuestra mediación para que se normalizara la situación en la sede diplomática cubana, situada en la Urb. Chuao, territorio de la Alcaldía de Baruta. Le ofrecí hacer lo posible por encontrar a quién dirigirme en medio de tanta confusión. Alguien se lo comunicó personalmente al Gral. Ovidio Poggioli, quien prometió hacerse cargo y, al parecer, así lo hizo. La señora llamó dos o tres veces más para saber si habíamos logrado algo. Por terceras personas supimos que el Alcalde Henrique Capriles Radonsky había tomado cartas en el asunto desde temprano.

Después de haber vivido tanta tensión desde la madrugada, regresando de Miraflores nos disponíamos a cenar y retirarnos a descansar. Pero no pudimos hacerlo. A poco de llegar a Montalbán, aparecieron varias personas que pedían la mediación de la Conferencia Episcopal ante la problemática que se presentaba en la Embajada de Cuba. Nos informaron que había un nutrido grupo de personas protestando, pidiendo que entregaran a algunos miembros del Gobierno que suponían se habían refugiado allí.
Ciertamente no era fácil la decisión de ir hasta allá, pero nuevamente sentimos la interpelación de un servicio sacerdotal. Mons. Azuaje opinaba que había que tener mayor información. Pero por la zozobra que se vivía, fue difícil obtenerla. Invocamos a Dios y fuimos hasta la Embajada Mons. Azuaje y este servidor. El vehículo en el que llegamos, lo estacionaron en la calle posterior de la sede diplomática. Ya había entrado la noche. Cuando llegamos frente a la Embajada, vimos un tumulto de gente gritando en medio de la penumbra. Quienes nos guiaban, iban informando que habían llegado los Obispos. La Policía Municipal custodiaba a distancia la pared externa y la puerta de la Embajada, sin tener control ni potestad para abrirla o para entrar.

Recuerdo que pasamos apoyándonos unos con otros. Una persona golpeaba la puerta para que abrieran y nos dejaran pasar. Después de un largo rato, logramos entrar por una puertica que da a un jardín interno y no por una escalera para saltar la pared como se nos sugirió en un primer momento. Ingresamos al sótano de la Embajada, en medio de una gran oscuridad y un ambiente pesado, caluroso y maloliente, ya que tenían cortados los servicios de luz y agua y las ventanas estaban cerradas.

Fuimos recibidos por personal de la Embajada, seguramente de seguridad, pues a pesar del calor que reinaba en el recinto, portaban sobretodos que seguramente ocultaban armas para defenderse de cualquier ataque exterior. Pasados unos minutos, salió del interior de la sede diplomática el Sr. Embajador. Se encontraba tenso, preocupado y con cierto nerviosismo. Nos comunicó lo que sucedía y nos dijo que en el interior había unas cien personas, incluidos menores de edad y mujeres. No estaba ningún miembro del gobierno, según su testimonio; en contraste con lo que decían los manifestantes. Estos les habían cortado la luz y el agua, vociferaban y de tanto en tanto tiraban piedras. Los vehículos que se encontraban al frente de la misma embajada, fueron volteados y casi destruidos por el grupo de manifestantes. Servían de tarima para arengar a los presentes.
Posteriormente, ingresaron el Alcalde de Baruta y un Comandante de la Policía. La conversación se planteó en torno a cómo garantizar la seguridad ya que ellos no contaban ni con el personal ni con el instrumental necesario para ello. Eso es competencia nacional, no municipal. El Embajador agradeció el interés y preocupación del Alcalde. Nosotros lo que le ofrecimos al Embajador Sánchez Otero fue el tratar de dialogar con la gente al salir, para que permitieran el ingreso de alimentos a la Embajada.
El diplomático manifestó que esperaban que este grupo de personas no violase el territorio de la embajada, por ser extranjero; estaban armados y dispuestos a defenderse de cualquier agresión. Nos señaló que tenía experiencia en casos como éste y sabía lo que tenía que hacer. A pesar de la tensión, la conversación se desarrolló con fluidez, respeto y serenidad. Al final, el embajador agradeció el que nos hubiéramos acercado hasta ellos.

Una vez fuera, logré subirme en la capota de uno de los vehículos dañados. A través de un megáfono interpelé a las personas que allí se encontraban a que respetaran la Embajada; dejaran ingresar alimentos y les devolvieran los servicios de agua y luz, ya que dentro de la misma, había personas, miembros de la familia del Embajador y personal de la sede diplomática, así como mujeres y niños. Esta súplica fue interrumpida por un grupito que azuzaba al grupo mayor, para que siguiera gritando. Inmediatamente, entoné el Padre Nuestro y la gente hizo silencio. Se negaron a dejar pasar ayuda alguna al interior de la residencia. A pesar de la insistencia de mi parte, no se logró nada.
Mons. Azuaje, quien se había quedado en la acera, frente al vehículo en cuestión, me hizo señas para que bajara puesto que la situación se estaba haciendo incontrolable. Por última vez, hice la petición y me bajé del carro. Inmediatamente la policía nos rodeó y brindó protección hasta la esquina de la Embajada. En el mismo vehículo y con la misma compañía, retornamos a la sede de la Conferencia. Al llegar, pasamos por la Capilla para orar. Da mucha serenidad saberse instrumento del Señor, porque El es nuestro Pastor y nada nos falta.

Fuente: http://www.vlinea.com/index.php?option=com_content&view=article&id=10563%3Abaltazar-porras-memorias-de-un-obispo-los-primeros-meses-del-2002-&catid=1%3Anacionales&Itemid=64&limitstart=10

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