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Chávez y el chavismo // Dulce María Tosta

Chávez y el chavismo, como fenómenos políticos y sociales, no nacieron de la noche a la mañana, ni fueron resultado del azar; por el contrario, se incubaron lentamente desde 1959 y alcanzaron su inflexión en las elecciones de 1998; hicieron morder el polvo al dueto adeco-copeyano, incapaz de captar el rechazo que en lo recóndito del alma popular se estuvo gestando, por décadas, ante una democracia cada vez más formal y menos sustancial, crecientemente adosada al pragmatismo partidista y distanciada de los principios fundamentales que le aportarían sustento real y futuro cierto.

En la política tradicional se presagiaba hechos aparentemente aislados e inconexos: la abstención electoral creciente; la inhabilitación de Pérez Jiménez mediante una reforma constitucional antidemocrática; la manipulación de los resultados electorales de 1993, precedida por la intervención del ministro Radamés Muñoz León atacando a Andrés Velásquez y amenazando con desconocer su eventual triunfo; los asesinatos por tortura de Ángel Aguilar Serradas, Alberto Lovera, Jorge Rodríguez y otros; la entronización de las barraganas presidenciales, por todos conocidas; la corrupción administrativa creciente, con casos emblemáticos como el de la chatarra militar, RECADI y CORPOMERCADEO; la politización de la judicatura y la aparición de las tribus judiciales, entre las que se destacaba la de David … y pare de contar.

Para inicios de 1992, el descontento popular crecía y apuntalaba el enfado militar que se dejaría ver en la madrugada del 4 de febrero, bajo el mando de un desconocido teniente coronel, jefe de un batallón de paracaidistas en Maracay y en pocas horas el panorama político venezolano dio un vuelco dramático. Un hombre, haciéndose responsable de un movimiento derrotado en un País donde es costumbre pelotearse las culpas, causó admiración y simpatía; la esperanza de mejores tiempos, se resumió en una frase: «por ahora». Así, un discurso de poco más de 60 segundos convirtió una derrota militar en una victoria política, una rendición de las armas en el relanzamiento de la esperanza y el nacimiento de un líder popular.Aún así, los políticos se creyeron blindados; auto engañados con la fábula de que la democracia estaba consolidada, perdieron el contacto con la gente y se dedicaron al disfrute del poder pero, sobre todo, perdieron lo poco democrática de su «democracia», cimentada en partidos que no la practicaban a lo interno, salvo para cumplir ciertas formalidades. Por ello es una sandez de marca mayor decir que «éramos felices y no nos dimos cuenta»
Chávez no fue el comienzo de una nueva República; por el contrario, fue el epílogo de un régimen decadente que utilizó las formas de la democracia, pero evadió lo sustancial. No fue más que la tapa del frasco de un proceso que jamás se consolidó, de una democracia sin contenido real y de una sucesión de gobiernos que parecían pujar por superar al anterior en desaciertos y corruptelas.

Escrito por: Dulce María Tosta
@DulceMTostaR
02 octubre 2020

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