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Efecto mariposa: "EL VUELO DE UNA MARIPOSA EN EL ORIENTE PUEDE OCASIONAR UNA TORMENTA EN EL OCCIDENTE".

            Me resulta irónico que yo esté invirtiendo el tiempo libre de esta inimaginable cuarentena por el virus originario de China, estudiando mandarín.

            Desde siempre he sentido una especial fascinación por la cultura china. Tal vez producto de esa fascinación, o por mero azar, he tenido la fortuna de relacionarme con personas que emigraron a Venezuela desde China o Taiwán. De esa estrecha cercanía han surgido relaciones de amistad y de trabajo que no han hecho más que acrecentar mi admiración por esa cultura, pero también me ha dado la oportunidad de tomar conciencia de las experiencias negativas que vivieron y padecieron los chinos en los terribles tiempos de la revolución maoísta, y de cómo la infinita crueldad de una ideología golpeó duramente los valores y los principios que hombres sabios como Confucio y Lao Tsé legaron a China y al mundo.

            De muchos hombres sabios derivan las enseñanzas de las cinco virtudes principales que debe cultivar todo ser humano: Benevolencia, Fe, Justicia, Cortesía y Sabiduría. Todas esas virtudes fueron ferozmente perseguidas y atacadas bajo el imperio de terror del tirano Mao Tse Tung.

            Gracias a esa estrecha cercanía con la cultura china y del conocimiento que me aportaron mis amigos y maestros chinos, entendí que los principales afectados y las primeras víctimas del régimen comunista chino, son los propios chinos.

            Hoy, que vivimos tiempos de repentinos cambios en nuestras vidas cotidianas, debido a la irrupción de un virus originado en una China gobernada por una dictadura dirigida por los herederos ideológicos de aquella revolución maoísta, el manejo doloso, culposo, negligente, inescrupuloso, inhumano, de las autoridades comunistas chinas, ha provocado, no solo la propagación del virus hasta dimensiones prácticamente apocalípticas, provocando una pandemia mundial, sino que ha generado sentimientos de  xenofobia hacia los chinos, y rechazo a su hoy injustificada costumbre de consumir animales salvajes, tratados con inimaginable crueldad.

            Todo esto viene a colación por los brotes de xenofobia que está dejando el coronavirus por el mundo, en contra de los ciudadanos chinos, cuando en realidad, la responsabilidad de esta tragedia es única y exclusivamente de los gobernantes chinos, que ocultaron e hicieron un manejo poco transparente ante el mundo de una pandemia que pudo evitarse si hubieran alertado a la comunidad internacional de la bomba de relojería biológica que se estaba gestando en el corazón de Wuhan.

            ¿Que el virus es chino? Sí, allá surgió. ¿Que el virus se propagó por negligencia del régimen comunista chino? Sí. ¿Que eso justifica un rechazo hacia los chinos? No, rotundamente no, por la sencilla razón de que los habitantes de China fueron y son las principales víctimas de las consecuencias del mal manejo que hicieron del virus sus autoridades. Lo que sí debe ser motivo de reflexión para ellos es la necesidad de cambiar esa costumbre de comer animales no domesticados y sin control sanitario alguno, porque ya no tiene justificación alguna de seguir.

            Señalaba mi joven maestro de mandarín, en la clase de hace unas semanas, que en China, a ese periodo de hambruna en los tiempos de la dictadura maoísta, lo llaman "el vacío", porque durante ese tiempo los principios y valores transmitidos por los antiguos sabios como Confucio y Lao Tsé, fueron suprimidos por esa dictadura, y hoy todavía quedan secuelas de ese "vacío" en los lugares más recónditos de ese gigante país, sobre todo en las zonas rurales.

            Este coronavirus va a dejar grandes secuelas, y enormes consecuencias en todo el mundo, no solo por las dolorosas pérdidas humanas, el miedo colectivo, la insufrible incertidumbre que ha generado, sino además por la debacle económica mundial, cuyas consecuencias las veremos en su verdadera dimensión, inmediatamente después de que la mayoría de los países logren controlar la pandemia.

            Sin lugar a dudas, este virus, a nivel global, va a traer grandes cambios sociales, también. Nuestras sociedades han perdido paulatinamente los valores y virtudes que nos eran propios. Las redes sociales han sido los medios idóneos para descargar lo peor de nosotros mismos: insultos, violencia, deseos de hacer daño físico, ofensas a granel. Así como, también, hemos llevado la crítica y el cuestionamientos a niveles tan elevados que hemos perdido la capacidad de creer en otro ser humano.

            Precisamente, cuando vemos en su punto más alto esta pérdida de valores, es cuando surge lo más paragógico de estos tiempos de pandemia, al emerger interrogantes como esta: ¿Debemos acallar nuestras críticas y cuestionamientos, sobre todo hacia los gobernantes y hacia las élites políticas?

            En mi opinión no lo debemos hacer. No podemos auto silenciar esas críticas y esos cuestionamientos, porque eso sería aceptarlo todo: injusticias, manipulaciones, y en especial, las malas acciones y las malas gestiones de quienes nos gobiernan o nos representan, o de quienes nos controlan a través de la autoridad que emana, no de la democracia, sino de las dictaduras totalitarias que todavía gobiernan a sus anchas, ante un mundo tutelado por organismos internacionales cada vez más débiles e incapaces de actuar en contra de esas dictaduras, ahogadas en la decadencia inherente a la burocracia y a la corrupción enquistadas en sus entrañas, y que ha aniquilado el eficaz funcionamiento de las mismas.

            Lo que sí hay que suprimir es el juicio inquisitivo, el insulto, el lenguaje soez, o la bajeza  moral con la que acompañamos esas críticas y esos cuestionamientos.

            Si bien el coronavirus ha exacerbado lo peor de nuestra humanidad, en un mundo completamente globalizado, y disparó a escala mundial nuestros más profundos miedos a la muerte y a la enfermedad, también está impulsando cambios impensables en el comportamiento colectivo de unas sociedades que iban a la deriva por el exceso de banalidad, de narcisismo, de egoísmo, y de vacío moral.

            En medio del dolor que esta pandemia está causando, hoy estamos presenciando grandes manifestaciones de solidaridad, de gratitud, de empatía, de recuperación de la convivencia familiar, vecinal. Ver, por ejemplo, esas imágenes de los balcones de Italia y de España, de personas que seguramente por la dinámica de la vida laboral, ni se saludaban, hoy cantan sus himnos en coro, aplauden a quienes están en la primera fila de la batalla: médicos, enfermeras, paramédicos, militares, abocados a ayudar a frenar esta pandemia.

            En estos tiempos de incertidumbre, de pánico, de desconcierto, está emergiendo una nueva forma de ver la vida. La pandemia nos está brindando la oportunidad de cambiar nuestras expectativas y nuestras prioridades, nos está haciendo reflexionar sobre la sociedad en la que vivimos, nos está impulsando a preguntarnos si vale de algo seguir insultándonos y haciéndonos daño, o si queremos ser parte de una sociedad basada en la solidaridad, en la compasión, y en la equidad.

            Los ciudadanos del mundo debemos aprovechar esta crisis para replantearnos si es más importante generar riquezas o generar bienestar. Esta crisis nos está conminando a plantearnos la necesidad de una convivencia más equilibrada entre nosotros, y en relación con el uso que hacemos de los recursos naturales, ahora que la tierra respira mejor al apagarse las chimeneas industriales de todo el mundo, que si bien producen los insumos que necesitamos, también produce muchas cosas inútiles  que terminan en los grandes océanos como basura desechable, pero no reciclada.

            Si bien este virus vino cargado de temores y de mucho dolor a las familias de los fallecidos, también trajo la oportunidad de generar un nuevo paradigma que salve al planeta, y paradójicamente, a la humanidad que hoy ataca con tanta ferocidad, no porque esa sea su intención, sino porque es su naturaleza.

            Ojalá que el "aleteo" del coronavirus, que originó esta "tormenta" sirva para sembrar las semillas de una nueva sociedad y un nuevo orden mundial. De ocurrir, lo tendríamos que recordar en un futuro, no como una tragedia, sino como una bendita oportunidad.

Escrito por: Yasmin Nuñez
@yasmincnunez

Fuente: Su autora.

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