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Impensable // Dulce María Tosta

Era impensable la existencia de un régimen democrático donde la soberanía no residiera en sus ciudadanos o donde esa soberanía se expresará mediante mecanismos tan torcidos que ─en definitiva─ resultará desviada, diluida o distorsionada. No basta decir constitucionalmente que la soberanía reside intransferiblemente en el pueblo y dejar al sector político la determinación de los mecanismos para ejercerla; esa dejación se ha ido convirtiendo, con el transcurrir de los años, en la madre de todos los vicios de nuestra política y ha dado paso a la grotesca situación de unos ciudadanos que perdieron la dirección de su destino y que resultó empobrecido por propios y extraños, al punto de ver morir a sus niños de hambre en las casas o de mengua en los hospitales.

Desde mis años mozos he oído decir que los partidos políticos son consustanciales con la democracia, que sin ellos esta forma de organización social y política es imposible y casi una herejía pretenderla; que los partidos son para la democracia y la libertad lo que el Nuevo Testamento es para los cristianos, la Torá para los judíos y el Corán para los musulmanes. Hemos llegado –entonces– a dogmatizar una afirmación que no por ser nutritiva para los intereses de algunos, resulta cierta universalmente.

El concepto de Democracia ha cambiado poco desde que el ateniense Pericles pronunciara su admirable Oración Fúnebre o Herodoto se refiriera a las tres formas de Constitución: monarquía, oligarquía y democracia; la democracia, billones de veces nombrada en prosa y en verso, encontró su mejor resumen en la sabana de Gettysburg en noviembre de 1863: «el gobierno del pueblo, por el pueblo, para el pueblo». El problema fundamental de la democracia en los tiempos modernos reside en la determinación de los mecanismos para que la soberanía popular sea ejercida debidamente; en la Atenas de Pericles, cada ciudadano ejercía de forma directa su representación, es decir, acudía a la asamblea popular, a la ekklesia, y emitía sus opiniones de viva voz, sin intermediación alguna.

En este laboratorio de maldades en que se ha convertido Venezuela, vemos como los intereses de los ciudadanos y de sus «representantes» marchan por caminos diferentes. Tristemente podemos decir que el 6 de diciembre de 2015, no constituyó un triunfo popular; fueron los partidos apiñados en la MUD los que se hicieron con la victoria y ahora actúan de espaldas al pueblo que, aun sin conocer los nombres de los candidatos, les dio su voto en un acto de fe más propio del mundo religioso que del político.

Hoy, esos legisladores escogidos a dedo por las cúpulas podridas de los partidos y votados por la gente determinaron el peso de la MUD, que ha tenido la desfachatez de concurrir a diálogos frontalmente rechazados por la gente y de aceptar el papel de contrafiguras en este sainete político llamado revolución.

Escrito por: Dulce María Tosta
@DulceMTostaR
11 septiembre 2020

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